Natación: Las primeras lecciones de constancia

Aprendí a nadar antes de cumplir los seis años. Mis padres me apuntaron a clases porque era un niño muy enérgico y necesitaba cansar esa energía de alguna manera. No imaginaba entonces que esas horas en la piscina me enseñarían algunas de las lecciones más importantes de mi vida.

La natación me enseñó que no hay atajos. Recuerdo la frustración de intentar bajar mis tiempos, pasaba semanas sin mejorar ni un segundo pero seguía entrenando porque sabía que el progreso llegaría. Esa paciencia me ha salvado muchas veces cuando el código no funciona o cuando me cuesta entender algo en clase.

Lo más valioso fue aprender a confiar en mí mismo. En el agua estás solo y no puedes depender de nadie más para llegar al otro lado de la piscina. Esta autonomía que desarrollé de niño me ha hecho más independiente a día de hoy.

Aunque no compito, sigo nadando ocasionalmente. Cada vez que entro al agua recuerdo a ese niño de seis años que aprendió que la constancia y el esfuerzo personal son la base de cualquier logro.