El balonmano me marcó profundamente durante mis años de instituto. Más que un deporte, fue donde aprendí qué significaba realmente trabajar en equipo y respetar a los demás.
Lo que más me impactó fue la cultura del respeto. En balonmano no se discute con el árbitro, punto. Esta regla no escrita me enseñó a aceptar decisiones aunque no me gustaran, algo que me ha servido mucho en el ámbito académico cuando recibo feedback de profesores.
La cooperación aquí es diferente a otros deportes. En balonmano todos atacan y todos defienden constantemente. No hay individualidades; o funciona el grupo o no funciona nada. Recuerdo partidos donde ganamos solo porque nos comunicamos mejor que el rival, no porque fuéramos técnicamente superiores.
Este deporte también me enseñó a gestionar conflictos rápidamente. Cuando las cosas se calientan en la pista, tienes que mantener la cabeza fría y seguir colaborando con tu equipo. Es una habilidad que uso constantemente en proyectos grupales de la universidad.
El balonmano me convirtió en alguien más colaborativo y respetuoso. Los valores que aprendí en esas canchas los llevo conmigo en cada proyecto.