Surf: Cuando el mar te enseña respeto

Cada verano en Gijón era sinónimo de levantarme al amanecer para coger las primeras olas. Durante varios años de mi adolescencia, dediqué mañanas y tardes completas al surf, convirtiéndose en mucho más que una afición veraniega.

El mar me enseñó humildad de la forma más directa posible. No puedes negociar con una ola de tres metros, no puedes forzar al océano a darte las condiciones perfectas. Aprendí a esperar, a observar y a respetar los tiempos de la naturaleza.

En Gijón el agua está fría incluso en verano, pero eso no detiene a un amante de este deporte. Esas mañanas de madrugada, esperando que subiera la marea, me enseñaron que las mejores cosas requieren sacrificio. La sensación de coger esa ola perfecta después de horas no tiene precio.

El surf me hizo consciente del impacto ambiental de mis acciones. Ver plásticos flotando donde surfeas te sensibiliza inmediatamente. Comencé a participar en limpiezas de playa y a cambiar hábitos cotidianos. Es imposible amar el mar y no querer protegerlo.

Ahora, cuando visito Gijón, sigo sintiendo esa conexión especial con el mar. El surf me enseñó que algunas de las mejores lecciones de vida vienen de respetar fuerzas que son mucho más grandes que nosotros.

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